Un Cabello en la Cerradura

(Cuento)

Pocas son las personas que resaltan del resto, que nos hacen pensar que su vida vale aunque sea un poco la pena, que destacan por el ímpetu con el que se desenvuelven en su vivir, exaltando que realmente están vivos.  Éste, claro, no es el caso. Si hay un matrimonio que expele vulgar mediocridad, fracaso y hastío es el que nos ocupa. Totalmente faltos de talento en el arte de vivir, los esposos J. F. y M F contaban con la curiosa cualidad de deprimir a cualquiera que los observara detenidamente. No debía existir mayor representación del horror de llevar una existencia tan atrozmente aburrida -y ojala no lo hubiera-.  J. F sobre todo. No había ocasión en que no lo acompañara fielmente la angustia. Sus cabellos se emanciparon de su cabeza desde que era relativamente joven, dejándola en reluciente exposición. En su espejo, solo se reflejaba la vergüenza. Cada paso que daba, era inseguro como el de un cachorro. De talante pusilánime,  la miseria lo encorvaba y exhalaba tristeza  en cada aliento.  Aun así, ni siquiera la maldad era su vicio, sino uno más indigno, la irrelevancia. Su ser era fútil como el más nimio insecto.  Así no tanto su mujer, de un tono un poco más alegre, gracias a la mayor indiferencia con la que encaraba su existir.  Los dos eran totalmente incapaces de sentir alguna emoción digna, ni la belleza los deleitaba, ni la verdad les interesaba. Ambos íntegramente dignos del adjetivo patético.
En un intento vano de escapar  del agrio sabor de su rutinariedad,  ambos decidieron emprender un viaje no muy largo a una ciudad más bella y tranquila, donde el fantasma de la monotonía los dejara en paz y pudieran respirar un poco de aire sin hollín. El trabajo  industrial  ya había terminado de maniatar y desollar como eficaz asesino  lo poco que quedaba de sus débiles personalidades. Sus días, frustrantes como el castigo de Sísifo y desgarradores como la condena de Prometeo, desde hace varios años no se diferenciaban ni en un solo detalle unos a otros. Todos los días trabajaban para otro, se acostaban sucios y grasosos, se despertaban sonámbulos y caminaban entre multitudes iguales. Tan destrozados yacían por el estrés de la esclavitud asalariada que asombraba que tal tedio pudiese soportarse.  Sus vidas eran un drama representado en un teatro maldito.
Llegaron un buen día a su de destino, decididos a aplacarse e intentar con ansias revivir aunque sea un segundo sus deseos de subsistir.  Averiguaron donde albergar por lo menos esa noche y dieron con un muy barato motel del centro. Marcharon hacia él ansiosos y expectativos.
Bajaron del taxi frente a un amplio edificio de  rustica fachada decorada por verdosas manchas de humedad. Adentro, una señora grotesca, maquillada toscamente y de baja estatura  los atendió arisca. Como era de esperar, la desgracia no estaba dispuesta a dejar de perseguirlos.  Aquel lugar calificaba con todos los antónimos de acogedor. El rosado pastel del empapelado era sumamente hostil hasta para los que no tuviesen un mínimo sentido de la estética. La humedad era tan agobiante que espesaba la sangre, la estructura se despedazaba y la intensa mugre recorría los pasillos  como un atroz espectro. Era así, un magnifico museo de telarañas. El asco y el horror no tardaron en danzar en sus consciencias ganándole el terreno a la fatiga. Allí alquilaron una habitación -lo único que sus pobres bolsillos podían darse el gusto de pagar-.
Apenas entraron en aquella pocilga y se acomodaron como pudieron, corriendo frágiles telarañas inhabitadas y acomodando sus maletas, cerro el telón de la noche.  M. J embriagada de sueño, producto del incomodo viaje en tren, se durmió de manera instantánea en la sucia cama.  No así nuestro lánguido varón, al cual Ansiedad y Melancolía lo mantenían sin cerrar los ojos durante largas horas incomodas.  Además, el lugar estaba tan descuidado que lo asustaba la idea de que hubiera en la cama una araña, una rata, o algo peor. M. F. comenzó a roncar. Ansioso y desesperado se decidió por levantarse y prepararse un té en la cocina.  Tomó con torpeza y dificultad sus lentes en la oscuridad, crujió sus vertebras y emprendió marcha.
Mientras cruzaba el umbral de la puerta notó algo que llamó su atención. No era precisamente un tipo que se detenga por detalles, sin embargo éste para él, fue particular.  Dentro del hoyo en el marco de la puerta por donde entra la cerradura notó un cabello, y sin ninguna razón más que una impulsiva tentación espontanea, procedió a estirarlo.
Si hay característica curiosa en la especie humana es ceder ante la tentación a los más absolutos sinsentidos. El impulso ciego del desconocimiento.  El hacer por hacer…. por qué sí.  La inconsciencia absoluta. La experimentación inútil, el actuar absurdo. Tal vez, en ocasiones, consecuencia del don de la curiosidad. Maravilloso factor que, creemos, nos suele diferenciar del resto de los fétidos insectos.  Pero sin duda, un motivo de infinitos disgustos. El accionar mediante la inconsciencia irracional es una constante búsqueda de lamentos. Lo que precisamente consume a nuestro exánime.
Apenas retiró el cabello J. F sollozó del más magnate espanto. Su curiosidad lo llevó a caer en una trampa que parecía producto de un cruel ingenio bromista. Con la fugacidad de un relámpago  J. F. cayó al suelo y casi desfallece del horror, su garganta se cerró y su lengua seca por poco logra destaparle el  paladar por la presión. Su pecho se comprimió de golpe y su voz se esfumó en las tinieblas del enmudecimiento, dejando salir solo un fuerte quejido mudo…. Pesadillesco.  El cabello no era más que una antena de cucaracha. Seres repugnantes si los hay,  cómo para sentirse identificado. Mala señal que algo similar a nosotros nos espante.
El pequeño y vil ser se esfumo rápidamente. J. F. continuó petrificado pero no tardó mucho en recuperar su compostura y con una muy leve sonrisa fruto de que dio por superado lo ocurrido, se paró y continuó su marcha a la cocina. Luego preparó su té en aquella inmundicia, se sentó en un empolvado sillón y entre pulsaciones meditó sobre su  mísera condición humana, su hilarante susto y la relación que llevaba con su querida esposa que tan placida dormía. El lugar desprendía un fuerte aroma a madera húmeda pudriéndose. Durante el tiempo que bebió su infusión aquel ambiente no dejó un instante de envolverlo en un suave velo de miedo. Aquello no era un terror  infantil de espíritus y brujas, el lugar inspiraba un terror instintivo, aquel miedo era puramente racional.
Luego volvió a su habitación y se acostó en un ambicioso intento por conciliar el sueño.  M. F. roncaba aún más fuerte. Apenas se acostó algo saboteo su proyecto. Un sonido a secos crujidos sonaba en un rincón, donde yacía depositada en el suelo una vieja maleta suya con zapatos. Crujidos horribles, desesperantes.  J. F. se levantó nuevamente y prendió la luz. Nada especial había visible. Se acercó a la maleta, la abrió, se sentó en el piso y con modesta valentía espero observando. Nada había allí. Nada. Hasta que después de un rato, con serena lentitud se asomó tímido el objeto de la molestia.  Nada espectacular, una blattodea (si, una cucaracha). Luego de varios intentos fallidos de darle logró -por fin- masacrarla impiedosamente con un zapato de la maleta. La tomó con un papel y con Insensibilidad la arrojó al inodoro. Todo venía siendo normal, hasta que al pasar por el espejo, pareciera que éste lo sedujo severo a mirarse. J.F volvería a ser una víctima de la tentación y la pulsión volvía a ser su verdugo. Misteriosamente, ésta vez el reflejo de su rostro no le provocó la habitual y simple vergüenza, sino una fuerte aversión que lo penetro cual duras espinas. Gravemente, el infausto sintió consumirse integro en su propia desdicha: él mismo. Comprendió que todo aquel terror azotador no era consecuencia de lo horrible del lugar, sino de lo horrible de su propia persona.  En un hondo plañido y apurado, escapó del cuarto de baño, apagó la luz y volvió a acostarse, ésta vez  más cansado. Su endeble ser se desmoronaba. Pereció un pequeño instante inmóvil en la cama, en un silencio áspero, sin embargo, luego de unos minutos el crujido revivió. Esto empezó a asustarlo de forma indecible sin dejarlo siquiera respirar. El sonido se volvió más cercano, más intenso y más ahogante. Hasta su más recóndito tendón estaba impregnado de un crudo escalofrío, esto sí era intolerable. La quietud se volvió imposible, se levantó temblando y otra vez prendió la luz. M. F. seguía roncando,  nada yacía allí más que ella. Ni siquiera el crujido osaba sonar ya, como sí la luz lo espantara. Pensó que tal vez aquello solo  producto de una imaginación excitada por el miedo.  A ésta altura ya realmente cansado apagó la luz y se acostó en la cama, ahora con su linterna de viajes, totalmente decidido a emprender la odisea de esquivar la paranoia y de una vez por todas conciliar su sueño. Pero M. F. roncaba aún más alto y baboso, comenzando a volverse su nuevo fastidio.
Los ronquidos se volvían cada vez más engorrosos. La atmosfera era inaguantable, el sueño  lo enloquecía. Sus ensoñaciones interrumpidas rebosaban horrores, imágenes aberrantes, pesadillas breves como parpadeos y enfermizas como su vida. El incubo del sueño lo poseía aplastándole el pecho hasta hacerlo sentir con un extraño placer que moría, esto culminaba en despertar en una realidad siempre aún más cruel.  La situación era peor que torturante.  En un intento de alivianar su infortunio J. F. cerró suavemente con su mano la mandíbula de su esposa, esto por un instante  pareció parchar el disgusto, hasta que el ronquido volvió y de forma aún más preocupante.  M. F. parecía empezar a ahogarse con su baba. J. F. tomó apurado su linterna y alumbró en la intensa oscuridad la cadavérica cara de su amada para encontrar allí el súmmum de su espanto.  La garganta de su mujer se volvió un por demás repulsivo nido de heterometábolos, estos le recorría el rostro entrando y saliendo de su blanca boca como una autopista  en constante agitación.
El cerebro de J. F. por fin quedó en blanco, vacío de lamentos, de nostalgia, de pensamientos intrusivos y de cualquier otro tipo. Ni siquiera el horror lo tiranizaba. El vacío absoluto lo cubrió -la penumbra lo envolvió en su plenitud-. Tal vez fue lo más cercano a la felicidad que estuvo. Lo último que visualizó su mediocre y mísero  ser, sin concebir ninguna reacción o idea al respecto, fue una multitud de semejantes caminarle por su demacrado cuerpo, similar en demasía a las multitudes yendo hacia sus trabajos en las mañanas de sus días. Estos diminutos seres, siempre subestimados, taciturnos, crujientes, marrones y grasosos, de detalladas piernas y esbelto abdomen notaron en él una sincera simpatía, sabían que algo de él estaba también en ellas. Nada más queda por decir de éste humano, insignificante como un cabello en la cerradura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s