¿Vale la pena debatir con los “magufos”? Contra la altanería de negar el debate

Pude observar últimamente como varios escépticos consideran explícitamente una pérdida de tiempo el debate, el dialogo y el consenso con los denominados “magufos” (gente de pensamiento mágico, defensora de las pseudociencias, las supersticiones, los mitos, etc.), alegando que es  imposible hacer que reconozcan errores, claudiquen en su postura y se retracten por ser altamente necios y soberbios.  Claramente no estoy de acuerdo con esta postura, y creo que la labor de todo divulgador y ensayista escéptico muchas veces se sostiene implícitamente en el hecho de que es posible enseñar y lograr consenso racional entre los individuos que piensan mal o están fácticamente equivocados. Eso sí, que hay formas de debatir más eficaces que otras y que algunas veces pueda ser una pérdida de tiempo tal vez no lo suficientemente justificada no lo pongo en duda. Tampoco niego la existencia de los sesgos cognitivos que dificulten y hasta algunas veces imposibiliten a los equivocados aceptar sus errores y retractarse, pero que existan sesgos no quiere decir que superarlos sea algo imposible.

Creer que todos los “magufos” o los que sostienen ideas y opiniones erróneas son soberbios, necios, incorregibles e irracionalistas absolutos es en sí soberbio, antiracionalista y antihumanista. El racionalismo se basa en parte en la consigna o hecho de que todos los seres humanos mentalmente sanos somos potencialmente capaces de razonar, de reconocer nuestros errores y de aprender, y el humanismo en que lograr eso vale la pena y hay que esforzarse para conseguirlo si queremos una sociedad mejor. Es altamente elitista y altanero creer que los magufos son gente inferior incapaz de pensar correctamente, y a la vez creer esto lleva a justificar la negación del debate (algo dogmático, antiintelectual y deshonesto en la mayoría de los casos) e incluso a una injusta discriminación intelectual que se vuelve desmerecimiento, cosas opuestas al racionalismo y a la ética humanista secular.

Aunque haya casos particulares de dogmatismo extremo que impidan que una persona acepte que está equivocada, intentar debatir y demostrar racionalmente y con evidencias nunca es totalmente en vano.  Una persona irracional o equivocada por más fanática que sea y por más sesgos que tenga, si ve que alguien tiene razones sólidas para no estar de acuerdo con sus ideas es un poco más posible que si en algún momento duda de sus creencias, pueda afrontar el hecho de que estaba equivocada y cambiar de opinión. Hay muchísimos casos de gente que terminó por abandonar creencias muy arraigadas, desde ex clérigos que se vuelven militantes ateos (como Jean Maslier, John W. Loftus y Dan Barker) hasta destacados autores psicoanalistas que se vuelven antipsicoanalistas al evaluar su falta de eficacia, evidencia y rigor (como Dylan Evans). Estoy totalmente seguro de que eso no hubiera podido ser posible, o se hubiera complicado en demasía, si estos individuos hubieran estado alejados de la crítica y el cuestionamiento externo a sus ideas. Incluso muchos de los que hoy nos consideramos escépticos, fuimos en algún momento magufos, y sin duda que le debemos mucho a los que alguna vez nos refutaron una creencia que sosteníamos con vehemencia. Hay muchas razones para abandonar el pesimismo y abrazar un realismo un poco más optimista. Y de esto estoy seguro, ya que en mi pasado magufo (que no niego) logré superar creencias muy firmes gracias a todos los debates o refutaciones en los que me vi acorralado.

Es injustificado sostener que un fanático en ningún momento de su vida pueda renunciar a su postura. Y aunque haya personas irritablemente tercas, intentar dialogar con ellas es ético y honesto, mientras que considerarlas inferiores incapaces de razonar y desmerecedores de toda consideración  es inmoral y arbitrario. Todos merecemos consideración y todos tenemos derecho a estar bien educados, así como también es responsabilidad moral, por lo menos para un humanista secular, intentar educar amable y racioempíricamente a los equivocados.   No hacerlo y ser indiferente a la difusión de mentiras es perjudicial, no solo por el hecho de que nunca se sabe qué fatales consecuencias prácticas pueden derivar de una mentira o error, sino que en sí mismo perjudicial aun cuando no posea hasta el momento consecuencias prácticas relevantes. Si deseamos una sociedad basada en el respeto por la realidad, la verdad y la razón no podemos ignorar a los equivocados que insisten en sostener y difundir ideas falsas, debemos intentar de demostrar razonablemente en donde radica su error (siempre y cuando manejemos el tema y seamos honestos y racionales), para de esta manera eliminar las raíces de la mentira, el error y el engaño, y sobre todo, para ayudar a los que posiblemente tengan buenas intenciones pero mala educación.

Claro está que el debate no es el único medio de combatir la “magufada”, algunos prefieren publicar contundentes ensayos y artículos alegando que vale más la pena al ser más eficaz. No tengo objeción, más allá de que de todos modos, el debate sigue siendo un excelente medio para contrastar información, aumentar el aprendizaje sobre la postura contraria, agilizar la razón, poner a prueba nuestras conclusiones, sistematizar y ordenar conocimientos, establecer el dialogo, superar la intolerancia, etc. Escribir majestuosos artículos contra las denominadas magufadas puede ser una forma más eficaz de administrar el tiempo,   pero el debate no deja de poseer sus ventajas y su encanto especial.

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5 comentarios en “¿Vale la pena debatir con los “magufos”? Contra la altanería de negar el debate

  1. Es lo que se denominaría la ética del diálogo y el debate oral con los “magufos”. Es verdad que lo escrito tiene más permanencia. Sin embargo, aquellos que tienen Más recursos para eludir y combatir la verdad y denigrarla son los posmodernos, ¿no es cierto? Ellos cuentan además con una maquinaria y un a propaganda montada para una más basta propaganda en contra de toda búsqueda de razones para defender la verdad.

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  2. Obviamente muchos creen que tener el derecho de expresar la propia opinión signifique que sea validada por todos. Parece ser un problema de la sociedad actual. Si la opinión que expresamos es dogmática e irracional entonces no puede ser validada. No muchos lo aceptan. Pero una opinión puede ser corregida, rechazada, ignorada o sujeta a burla. No es una verdad absoluta. Además no es hacia la persona, que merece respeto, sino hacia una idea rebatida racionalmente.
    De Manuel Vicent: “Guárdate del que pretende darte lecciones con una verdad absoluta o con un bate de béisbol. Son dos formas de partirte la cabeza.” “Nunca discutas con el creyente que lleva el fuego del infierno incluso en el mechero. Su fanatismo es peor que la carne de perro.”… Gracias por el excelente artículo Matías. Saludos y felicidades.

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  3. Pues no se, Matías. Yo he llegado a la conclusión que no vale la pena en muchos casos. Me niego a perder el tiempo, mi precioso tiempo, en discutir con gente irracional. No es tanto la ignorancia lo que me molesta, sino la ceguera voluntaria, la deshonestidad intelectual, la vanidad y la agresividad verbal. ¿Cómo le explico a un pendejo de Facebook que las razas humanas no existen, al mismo tiempo que me muestra tonterías que sacó de Metapedia o de Filosofía Disidente? Puedo mostrarle toda la evidencia y él se negará a aceptarla. Cualquier argumento que le sirva para sus creencias, lo usará, sin filtro crítico, sin importarle si es válido o no, alzándolo sin atender razones, exponiéndolo como irrefutable por pura voluntad y sin ninguna razón. Al final, si uno de estos sujetos me propone un supuesto “debate” (sea lo que sea que ellos entiendan por esa palabra), yo le digo: “Ahórrame tu mierda y cree lo que quieras”. Y lo más triste de todo esto, es que te lo escribe un profesor de Filosofía. Yo siento que ya me rendí, no puedo competir contra tanta estupidez y negación.

    Saludos, sigue con este sitio, es de lo mejor que he leído.

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