Contra las fantasías primitivistas

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Es común ver en la actualidad, y no quiere decir que sea nuevo, una exaltación e idealización de las tribus primitivas, sumado a un deseo implícito o explícito de volver a la vida tribal. A esta postura se la llama comúnmente primitivismo, y así como hay activistas como el charlatán delirante de John Zerzan que codician manifiestamente terminar con la sociedad moderna y retornar a la infancia de la humanidad, otros simplemente ven a los primitivos idealizadamente y los consideran un modelo a seguir o fuente de inspiración, por diversas razones que intentaré resumir luego.
El asunto del primitivismo está filosóficamente muy vinculado al problema de los movimientos indigenistas actuales, su lucha por los derechos de los pueblos autóctonos y las consideraciones sociales sobre cómo debe actuar la sociedad moderna con respecto a los comunidades llamadas originarias. Por lo tanto, aunque mi interés inicial era concentrarme en presentar algunos problemas inherentes al primitivismo, sus creencias, su filosofía y sus comunidades de permacultura, no voy a poder dejar de lado ciertos problemas derivados de la relación entre civilizaciones primitivas actuales y la sociedad moderna.
También, de pasada, aprovecharé este ensayo para derribar mitos sobre la idealización del pasado humano en general, como decir que antes se vivía mejor sin las “viles condiciones” de la vida moderna y otras falsedades.
Agradezco las correcciones al ensayo que efectuaron mis amigos Matías Castro y Mauro Lirussi.

Repaso genealógico y base filosófica del primitivismo

La exaltación e idealización de la cultura primitiva puede remontarse, no sin cierta arbitrariedad,  a Rousseau, que en épocas de la Ilustración y siendo uno de los representantes del movimiento, escribió ciertos elogios a la vida primitiva, principalmente a las tribus de América y África, y criticó a la civilización. Esta idealización de las tribus primitivas, de suponer que son más felices, sabios, amables, pacíficos, loables, etc. que la sociedad moderna, pasó a llamarse luego “el mito del buen salvaje”, ya que es fácil advertir, como veremos más adelante, que grosso modo es completamente un mito. Rousseau fue principalmente un pesimista histórico y un desconfiado del progreso. Mientras Kant en su famoso manifiesto “¿Qué es la Ilustración?” proponía alejarse lo más lejos posible de la infancia de la humanidad, Rousseau parecía querer volver a esta.
Cuando Voltaire leyó su obra “Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombre” exclamó -ingenioso como siempre- en una carta de respuesta: “He recibido, señor, vuestro nuevo libro contra el género humano; os lo agradezco  […] Nunca se ha empleado tanto ingenio en pretender volvernos animales. Cuando se lee vuestra obra se tienen ganas de andar a cuatro patas. Sin embargo, como hace más de sesenta años que he perdido la costumbre, siento que por desgracia me resulta imposible recuperarla. Y dejo ese comportamiento natural a quienes son más dignos de él que vos y que yo”.
Debido a que la Ilustración se caracterizó por su confianza justificada en el progreso, la razón, la ciencia, etc., Rousseau pasó a ser llanamente un traidor al movimiento, o como lo llama Gabriel Andrade, un Caballo de Troya. Su traición a gran parte de las ideas del Iluminismo no solo se debe a desconfiar explícitamente del progreso y halagar las formas de vida más semejantes a los animales, también a ciertas peligrosas ideas autoritarias de que la colectividad o el Estado deben aplastar a los disidentes (cosa que inspiraría en gran parte los brutales abusos que se cometieron durante la Revolución Francesa), una de las razones por la que Mijaíl Bakunin lo llamaría luego  “uno de los pensadores más venenosos  del siglo pasado”.
Rousseau pasó así de ser parte del movimiento ilustrado a plantar el germen de lo que sería la contra-ilustración, pieza clave en nuestro análisis del primitivismo por razones que expondré más adelante. No solo las ideas per se de Rousseau inspirarían a la contra-ilustración, sino la desconfianza que se generó luego de los abusos de violencia de la Revolución Francesa y de Napoleón, que como señalamos superficialmente, tienen cierta base en sus ideas. La contra-ilustración y sus efectos importan muchísimo como punto de partida para poder elaborar una muy breve historia del pensamiento que nos haga desembocar en el primitivismo y sobre todo, en el marco filosófico en el que se encuentran los argumentos a los que suelen recurrir sus defensores.
La contra-ilustración se encuentra íntimamente relacionada con el romanticismo. El romanticismo, aunque en arte fue completamente productivo y engendró gloriosos genios como Lord Byron, Goethe y Goya[1], en filosofía fue, como ya exclamé en otros ensayos, completamente conservador y nocivo. A este movimiento se debe una gran exaltación e idealización del pasado y el retroceso, tanto con respecto a la Edad Media como a la vida primitiva.  Es interesante ver cómo muchos autoproclamados “progresistas”  tienen fantasías primitivistas o una tendencia a romantizar a las sociedades primitivas, cuando es evidente que  progreso y retroceso son antónimos. El deseo por volver a la infancia de la humanidad nada tiene que ver con el deseo de progresar. La idea romántica y contra-ilustrada de que hay que volver atrás es justamente lo opuesto al progresismo. Los movimientos conservadores y el fascismo tienen origen precisamente en el pensamiento romántico y contra-ilustrado, con su desdén al racionalismo, su amor por el colectivismo irracional propio del tribalismo, su idealización a lo más bajos impulsos del hombre como la violencia y la guerra, y su odio al proyecto ilustrado de progreso en base a la libertad, la ciencia, la igualdad y la razón.
Como también comenté en otros ensayos, al romanticismo se le atribuye haber inspirado el movimiento más perjudicial intelectualmente en la actualidad por excelencia, el posmodernismo. Y este a su vez, es la base filosófica sobre la que se engendra el movimiento new-age.  No quiero detenerme mucho a criticar el posmodernismo y el new-age, principalmente porque razones, argumentos y ganas de exponerlos me sobran, por lo que se desviaría demasiado el tema y lo sobre-expandiría, además, porque ya expuse criticas de este tipo en otros ensayos. Pero aun así me es fundamental trazar nuevamente este vínculo entre movimientos intelectuales porque, como demostraré más adelante, el posmodernismo y el new-age son la base fundamental de los argumentos que arguyen los primitivistas. La razón por la cual digo esto es bastante evidente. El posmodernismo (a partir de aquí incluiré en el término posmodernismo también al new-age) y sus antecedentes mencionados propician una serie de ideas que son necesarias para crear, lo que puede llamarse, una caja de herramientas para construir la idea del primitivismo. Estas, mencionadas brevemente, son: desconfianza en el progreso humano y sobre todo en el proyecto de la Ilustración, desconfianza, desinterés, desprecio y subestimación tanto del progreso del conocimiento científico como de la técnica y a la tecnología (muy a menudo acompañada de una confusión entre ciencia, técnica y tecnología, y entre técnica/tecnología buena y mala), idealización de lo natural, exaltación de los aspectos más animales del hombre, fobia a la racionalidad, fobia paranoica a los sistemas sociales complejos como el Estado moderno, repulsión a aceptar la superioridad objetiva de ciertas ideas (más concretamente repudio a la objetividad y sobrevaloración de la subjetividad), tendencia a reducir todo a puntos de vista o “paradigmas” inconmensurables/incomparables (esta idea es la base del pensamiento epistemológico de Feyerabend, y es la que suele salir a relucir cuando se alega que tanto la sociedad primitiva como la moderna no pueden compararse, entre otras cosas porque toda crítica que pueda hacer un moderno a una sociedad primitiva se reduce a un punto de vista condicionado por su origen, por lo que no puede ser ni válido ni objetivo –cosa que en ciertas formulaciones es simplemente un argumento ad hominem), y siguiéndose de lo anterior, creencia en un relativismo epistemológico, gnoseológico y también ético (por lo que no se podría juzgar la inmoralidad de ciertas acciones cometidas por tribus, cosa que hace imposible un análisis ético comparativo de ambas sociedades –según ellos claro), etc. Gran parte de la maraña de ideas que se desprenden del pensamiento posmoderno, como veremos con más precisión luego, son las que utilizan los defensores del primitivismo.
Desde ya es obvio que no pretendo decir que todos los primitivistas están de acuerdo con la totalidad de las ideas posmodernistas. Esto además de falso es lógicamente imposible, debido a que si tomamos la mayoría de las ideas posmodernistas estas no pueden ser aplicables ni siquiera al sujeto más posmoderno, puesto que muchas son, en general, contradictorias entre sí –aunque la contradicción y la lógica en general no es algo que parezca importarles mucho, sobre todos a los más hegelianos. Lo que sí pretendo decir, es que gran parte de las ideas primitivistas se sostienen sobre una base de ideas posmodernas, y esto es más claro sobre todo en lo que respecta a sus respuestas a la crítica.
Luego de este breve repaso genealógico del primitivismo, podemos pasar a analizarlo más directamente.

La falsedad del primitivismo

El primitivismo es empíricamente falso en cuanto supone hechos como que la gente primitiva es completamente pacífica y no dañan a nadie, que viven más, mejor, que poseen mejor salud, que son sumamente respetuosos con el medio ambiente, que son más sabios, etc. y es filosóficamente falso en cuanto supone tesis filosóficas insostenibles como que el primitivismo es la condición “natural” del hombre, que los conocimientos de la ciencia moderna y de la superstición tribal son equivalentes, que cualquier moral tribal es éticamente equivalente a la moral civilizada, o que las sociedades tribales poseen más libertad, igualdad, y mejores valores axiológicos en general.  Para analizar esto correctamente es esencial entender dos puntos: a) No está claro ni hay consenso entre los primitivistas sobre qué modelo de sociedad tribal se debe seguir ni hasta qué punto se debe abandonar todo lo progresado, y b) no todas las sociedades tribales son iguales. Debido a esto me veré obligado a incurrir, en muchas afirmaciones, a generalizaciones que son muy poco aproximadas a la verdad, y esto me hará por momentos carecer de la precisión que deseo tener en mis textos. Sin embargo, en muchos casos las generalidades se justifican, ya que decir que las sociedades tribales aisladas, por ejemplo, no tienen acceso a la medicina eficaz es bastante exacto. El lector crítico e informado me podrá criticar algunas afirmaciones generales, con casos específicos de sociedades tribales que no cumplan mi generalización. Esto es en parte una crítica válida y deseable, pero insisto en que casos particulares no hacen falsas a las generalizaciones (suponer esto es una falacia  del caso especial o falacia casuística).
Otra cuestión importante a resaltar es que cuando me referiré a sociedades primitivas/tribales, estoy suponiendo implícitamente cierto hermetismo, es decir, a la sociedad tribal sin contacto considerable con la sociedad civilizada. Ya que hablar de, por ejemplo, los guaraníes no tiene sentido si tengo en cuenta a los que miran televisión, viven en barrios de ciudad  y se atienden en hospitales públicos, ya que lo que buscamos es analizar la vida primitiva en su medio correspondiente.
Y por último: admito carecer de conocimientos técnicos de antropología. Sin embargo, esto por el momento no me parece un impedimento para las conclusiones que me interesan, e intentaré en lo posible, basarme en datos más o menos específicos y en estudios científicos que sean necesarios para sostener cierto rigor argumental deseado.

El mito del pacifismo tribal

El “pacifismo” primitivo es en una inmensa mayoría de casos nada más que un mito. Tanto en tribus extintas como en tribus actuales la violencia es algo recurrente, tanto entre miembros de la misma tribu como entre tribus.
Sobre el primer tipo de violencia mencionado podemos dar muchos ejemplos. Los rituales aztecas, basados en la matanza cruel de cientos de miles de personas (250.000 al año, según se estima) nos dan una perfecta idea de lo lejos que puede llegar la violencia supersticiosa primitiva. Entre los rituales sádicos practicados por tribus conocidos son los llamados rituales de iniciación. Por ejemplo, los Satere-Mawe del Amazonas en Brasil practican un ritual de iniciación “para convertirse en hombre” que consiste en meter las manos en fundas cubiertas de hormigas bala (Paponera clavata), cuya picadura es extremadamente dolorosa.
El sati es otro ejemplo del extremo punto de crueldad al que pueden llegar los rituales primitivos. Consiste en una milenaria práctica hindú en la que se inmola a una mujer en la pira funeraria del marido recién fallecido (básicamente consiste en incinerar a una mujer viva, con su voluntad o en contra, si tiene la suerte de que su marido fallezca). Durante el control imperial británico en la India la práctica fue prohibida, aunque en la actualidad se continúa realizando en algunas aldeas.
La ablación femenina (o mutilación genital femenina) es otra muestra de brutal violencia contra las mujeres en sociedades primitivas. Históricamente esta práctica se realizó en diversas tribus y en muchos países, principalmente en África. Aunque en la actualidad se hagan esfuerzos por prohibirla, aun se lleva a cabo en muchas tribus, por ejemplo, los Chamies de Colombia. La mutilación genital es una práctica tribal común (Cristóbal Colón reportó que hasta los nativos americanos la practicaban). En China se realizaban castraciones en donde se cortaba a niños el escroto y hasta el pene[2]. Los aborígenes australianos aún continúan practicando la circuncisión sin ningún tipo de anestesia. Estos también realizaban rituales en los que los adolescentes eran obligados a beber sangre y hasta hace poco eran comunes los rituales en donde se sacrificaban bebés.
En rituales tribales de Papua Nueva Guinea, los ancianos toman filosos bastones de caña y los clavaban profundamente en las fosas nasales de jóvenes mientras lanzan gritos de guerra hasta que estos caen inconscientes. Más adelante, cuando los jóvenes están iniciándose en la edad adulta,  se llevan a cabo rituales donde deben realizar felaciones a los ancianos de la tribu.
La deformación craneal artificial también fue una extraña práctica realizada por sociedades primitivas. Consistía en vendar o intervenir de otro modo el cráneo de niños para conseguir luego de su desarrollo una forma especial deseada. Esta práctica se realizó en sociedades iraquíes (se encontraron dos cráneos de este tipo en la Cueva de Shanidar), mayas, incas, paracas (Perú) y egipcias.
Los mencionados son tan solo unos pocos rituales y practicas violentas características de las sociedades primitivas. En estas es común ver todo tipo de torturas y prácticas brutales, como ser decapitaciones, violaciones (la violación ritual de jóvenes vírgenes era recurrente en el chamanismo[3]), canibalismo, amputación de dentadura, sacrificios humanos (los celtas eran especialmente conocidos por esto), tatuajes realizados con cortes de cuchillo, y hasta el infanticidio. Este era común en las tribus Kikuyu, Tswana, Ibso, Kung y Vadshagga, estos últimos mataban a los niños cuyos incisivos superiores salieran primero. En el pueblo Ibo de Nigeria, el neonato era enterrado vivo si uno de los padres fallecía (ignoro si tal práctica continua en la actualidad). Y en la antigüedad, las tribus en Hawái tenían la costumbre de arrojar niños a los tiburones[4].

Sobre el segundo tipo de violencia  -es decir sobre la violencia entre tribus- también hay material de sobra, y este terminaría por refutar el mito de que las sociedades primitivas se caracterizan por su pacifismo. Muchos primitivistas creen ingenuamente que el imperialismo es algo solo existente en las sociedades modernas, nada más falso. Los imperios y las guerras multitudinarias también fueron llevados a cabo por sociedades primitivas, un ejemplo sencillo son los imperios  incaico, azteca y mongol. Las tribus guerreras también son algo usual. Por ejemplo los Tonkawa de América del Norte (conocidos también por su canibalismo), los Suri (considerados la tribu más agresiva de la región de Etiopía, conocidos por sus labios inferiores dilatados en los que introducen platos de arcilla de hasta 40 centímetros de diámetro y también por sus brutales luchas con bastones llamadas donga), los Yanomamis o los Mongoles.
Se puede alegar no sin razón, que aunque existieron y existen tribus primitivas guerreras y violentas, las guerras modernas son mucho más peligrosas ya que, podrían si quieren, extinguir a la humanidad por completo mediante sofisticados armamentos. No lo discuto, pero esta es una razón para oponerse y prohibir las guerras y los ejércitos, no la civilización. Además, es muchísimo más plausible que se prohíba la construcción de armas nucleares y que se eviten al máximo los conflictos bélicos que intentar destruir todo el progreso alcanzado por la humanidad. También se puede alegar, con razón, que existen algunas tribus primitivas pacíficas, como los Inuit. Que existen y existieron tribus relativamente pacificas es seguro, pero dudo muchísimo que el pacifismo sea la regla y no la excepción cuando se trata de formas de vida primitivas. Dejo aquí la cuestión del pacifismo tribal.

El paraíso liberal del tribalismo

Otro de los mitos repetidos por los entusiastas del tribalismo es que los primitivos poseen o poseían mayores valores axiológicos como ser libertad, igualdad, etc. Se considera esto parte del mito del buen salvaje que me propuse refutar. Los obligados rituales sádicos que mencionamos son en parte pruebas de que esto es falso. Una niña de menos de dos años difícilmente podría ejercer su “libertad” de no ser mutilada genitalmente, ni un joven australiano poseía la libertad de no participar de ritos que incluían castración o mutilación bestial de sus narices. La obligación homogénea de participación de rituales y costumbres propias de la tribu por más horripilantes y enfermizos que fueran, son comunes en las comunidades primitivas.
Las castas, las jerarquías y hasta incluso el esclavismo son también parte de la vida tribal, muy a menudo ejercidas de modo muchísimo más autoritarios de lo que se cree. La autoridad de los caciques y chamanes suele y solía ser implacable, y pensar que se considera como sabia e indiscutible a una casta de ancianos con menos conocimientos que los que tiene en la actualidad cualquier niño de primaria.  De ningún modo el tribalismo es el paraíso anarquista que se piensa, sino más bien, en muchos casos, una dictadura de castas brutas e ignorantes como una mula. En la que incluso no hay básicamente garantía de derechos (vayan a hablar de derechos del niño en una comunidad que los entierra vivo cuando alguno de sus padres muere), ni sistemas sofisticados de justicia, otros de los logros modernos que tan malagradecidamente desprecian los primitivistas.
Tomemos dos sociedades tribales –aunque bastantes organizadas- como ejemplos, los aztecas y los incas. Los aztecas poseían tanto esclavos como multitudinarios ejércitos reclutados forzosamente. Con estos ejércitos el “Estado” azteca emprendía lo que se conocía como “guerras floridas”, que tenían como propósito reclutar prisioneros de guerra, muchos de los cuales serían sacrificados en sus rituales.
Bien, los aztecas claramente no son ejemplos de igualdad, de libertad ni de valores humanistas ¿Qué hay de los incas a los que tanto se los exalta? En efecto, como suele decirse, los incas practicaban una especie de comunismo. Pero su civilización estaba lejos de ser ideal. Sobre esto prefiero citar unos párrafos del genial libro de Gabriel Andrade (Master en Filosofía y Doctor en Ciencias Humanas), El posmodernismo vaya timo: “Los incas se organizaban en torno al ayllu, un grupo de parentesco similar al clan. En este grupo, en efecto, la propiedad era colectiva y la producción se realizaba en unidades de trabajo colectivizado. El ayllu ejercía un control continuo sobre las actividades, la educación, la producción económica, y las preferencias de consumo de los individuos. (…) La estabilidad política y económica de la sociedad inca dependía del control ejercido por el ayllu a sus miembros. Se estima que la abrumadora mayoría de los ciudadanos no tenían permitido abandonar las comarcas en las cuales habían nacido, se criaban y trabajaban. Todas las actividades eran planificadas y controladas por una selecta casta de funcionarios que se encargaban de recolectar la riqueza producida y distribuirla entre los ayllu, los cuales, a su vez, decidían distribuirla entre sus miembros en función de las necesidades que ellos apreciaran. (…) La propiedad era, en efecto, colectiva. Pero, la sociedad inca estaba muy lejos de la aspiración comunista de una sociedad sin clases. Pues, precisamente, el control ejercido por los funcionarios era tan rígido, que las masas fueron sometidas al dominio de una jerarquía comandada por el Sapa Inca (el emperador), su corte, y un pequeño grupo de funcionarios que se encargaban de controlar las actividades del ayllu. (…) Esta descripción es muy parecida a la que se suele hacer de los regímenes totalitarios del siglo XX. En la medida en que el Estado inca prometía distribuir la riqueza y garantizar un mínimo de condiciones para la subsistencia, emergió como un ente que controlaba los aspectos más triviales de la vida de los ciudadanos. Y, fue precisamente este totalitarismo lo que condujo, entre otros factores, al colapso del imperio inca a manos de los españoles. A diferencia de los totalitarismos del siglo XX, el inca no colapsó debido a una insurrección popular, sino al hecho de que, a la llegada de un pequeño contingente de españoles, éstos sólo necesitaron eliminar a la pequeña casta de nobles y funcionarios. Al eliminar a esta casta, los españoles los sustituyeron en esa posición, y el pueblo inca, acostumbrado a obedecer, pasivamente aceptó a sus nuevos amos.”
          Vemos que tampoco los incas eran ningún ejemplo de igualdad y libertad, sino algo más bien parecido a un totalitarismo de castas.
En este caso particular es posible que una generalización del tipo “las tribus o comunidades primitivas son de tener organizaciones autoritarias” sea muy arriesgada o directamente falsa. Es posible que las tribus más o menos horizontales sean mayoría. Lo que sí, es falso que todas las tribus se caractericen por sus libertades e igualdades ampliamente desarrolladas. Difícilmente se tenga un trato igualitario en ciertas comunidades primitivas de Tanzania si uno es albino, ya que los asesinan por creer supersticiosamente que trae “buena suerte”. Los ancianos inuit tampoco poseían un trato igualitario, ya que los abandonaban por considerarlos una carga. En otras tribus nacer mujer puede ser un infierno. Por ejemplo, en el pueblo guerrero y tribal de los yanomamos, habitantes de la frontera entre Venezuela y Brasil. Esta tribu es notable, los maridos maltratan constantemente a sus mujeres, física y sexualmente, tanto en público como en privado, y compiten por quien posee a su mujer más lastimada y repleta de cicatrices. Tener a sus mujeres en el peor estado posible aumenta su estatus social. Evidentemente este no es el paraíso de igualdad tribal.

El problema de la salud

La salud primitiva es otra cuestión muy importante. Los primitivistas creen ingenuamente que nuestra salud tiene mucho que envidiar a la salud de los primitivos tantos actuales como pasados, nada más falso. Uno de los logros más fascinantes de la civilización moderna y una de las razones por la que es completamente disparatado intentar volver atrás es sin duda el progreso que hemos hecho en medicina y el increíble aumento de la calidad de vida que hemos logrado, básicamente, cuadruplicando y hasta quintuplicando el promedio de vida de nuestra especie en tiempos de infancia. Revisando la historia del promedio de vida de nuestra especie es fácil advertirlo, nuestra salud y calidad de vida en la actualidad es innegablemente superior.
En el paleolítico superior (sin autos contaminantes, alimentos transgénicos ni flúor en el agua) la esperanza de vida media era de 33 años, en el neolítico de 20, en la Edad de Bronce de 35, en la Grecia Clásica y en la Antigua Roma de 28, en la Norteamérica precolombina de 25 y en la Edad Media europea de 30. Durante el siglo XIX subió a 40, durante el siglo XX a 65 y en la actualidad, en las últimas dos décadas subió seis años (hasta el 2013 el promedio de vida era de 71). También en estas esas dos décadas bajó la mortalidad por problemas cardiovasculares y la mortalidad infantil en los países pobres.
El promedio de vida de las tribus actuales también es mucho más bajo. Los Tsimanes del Amazonas de Bolivia tienen, al parecer, un promedio de vida de 43 años[5]. Los Inuit, tienen aproximadamente un promedio de vida hasta 10 años inferior a los canadienses[6]. Según un informe de la ONU[7], un australiano aborigen tiene un promedio de vida 20 años menor que un australiano no aborigen. El mismo informe nos dice que la diferencia en años en la esperanza de vida entre los pueblos indígenas y los demás pueblos es la siguiente: Guatemala, 13; Panamá, 10; México, 6; Nepal, 20; Australia, 20; Canadá, 17; Nueva Zelanda, 11. La evidencia disponible parece apuntar a que la esperanza de vida de los pueblos primitivos es bastante inferior a la de los pueblos civilizados.
Es de esperar que las tribus, al menos las que se encuentran desconectadas de la civilización, posean menos esperanza de vida y más alta mortalidad que las sociedades civilizadas. Hay varias razones: o carecen de medicina (y no incluyo en este término aplicaciones prácticas de creencias supersticiosas  claramente ineficaces) o poseen muy escasos tratamientos que cumplan requisitos mínimos de eficacia (esto incluye la carencia de elementos con los cuales poder elaborar intervenciones quirúrgicas complejas y el conocimiento del cómo), carecen de variedad alimenticia (la variedad de alimentos que pueden conseguirse en un territorio aislado es mil veces menor a la variedad de alimentos que podemos conseguir en cualquier supermercado de ciudad), carecen de conocimientos respecto a la transmisión de enfermedades y su prevención, carecen de métodos anticonceptivos (y por lo tanto, carecen de un medio eficaz de evitar enfermedades venéreas), carecen en muchos casos de prácticas higiénicas (como ser higiene dental),  son susceptibles a peligros tanto climáticos como de depredadores u otros animales peligrosos (arañas, serpientes, escorpiones, etc.), carecen de agua confiadamente potable, etc.                          Contrario a las fantasías infantiles primitivistas dignas de alguien desinformado, la vida en una sociedad primitiva no es nada sencilla, sobre todo cuando uno se enferma o se lastima.
La esperanza de vida no es el único problema del pasado y de las actuales sociedades primitivas. También lo fue y es la altísima tasa de mortalidad infantil. Esta oscilaba entre el 20% y el 40%, hasta que comenzó a disminuir durante la segunda mitad del siglo XIX. En en su libro El mundo y sus demonios, el gran Carl Sagan nos cuenta este caso para que nos demos una idea aproximada de la gravedad de este asunto: “La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero”.
Hoy en día las tasas de mortalidad infantil en las sociedades civilizadas son ínfimas, mientras que en las sociedades tribales sigue siendo muy alta (ver el informe de la ONU anteriormente citado). El porcentaje de mortalidad infantil de la antigüedad era prácticamente idéntico al porcentaje de muerte en el parto por diversas dificultades como ser hemorragias, infecciones u obstrucciones. Hoy en día la mortalidad de mujeres durante el parto es mínima en las sociedades civilizadas, mientras continua siendo preocupante en las sociedades tribales.
Es recurrente que las sociedades primitivas (y las personas con pensamiento mágico) identifiquen las enfermedades con fuerzas malignas propias de las creencias supersticiosas. Hoy, cualquier persona civilizada e inteligente, al contar con un problema de salud recurre a alguien que estudió más de 10 años medicina para poder contar con los conocimientos complejos y necesarios para evaluarlo. Lo más probable es que al recurrir a un médico (y con médico acá no me refiero a pseudocientíficos disfrazados de médicos como los homeópatas, acupunturistas, etc.) y seguir sus consejos nuestra salud mejore. Esto es algo propio de la modernidad. Antes de cierta altura del siglo XIX la medicina era un completo desastre, los métodos empleados eran más productos de tanteos y experimentos que de certeza científica. La mayor parte de las mejoras durante los tiempos de la medicina precientífica eran debidas al sistema inmunológico, no a la medicina, que consistía en ese tiempo más en lavativas y sangrías inútiles que en otra cosa. Sobre esto es interesante la comedia de Moliere “El enfermo imaginario”, que nos da una muy aproximada y divertida idea de lo que era la medicina durante el siglo XVII. Hoy, la medicina científica correctamente aplicada da garantía casi total de éxito, y se lo debemos a la modernidad y al progreso científico. Ya que, a diferencia de las sociedades precientíficas, donde lidera la superstición y la ignorancia, las sociedades modernas pudieron aprender a un costo muy alto, conceptos como célula, bacterias, gérmenes, virus, y otro montón de hechos que hoy nos parecen obvios. No siempre lo fueron. Para darse una idea de lo ignorantes que eran en cuestiones de fisiología, biología y medicina nuestros antepasados, solo basta ver los cuestionamientos de la época a algo, en nuestra época tan evidente, como la teoría de la circulación de la sangre propuesta por William Harvey durante el siglo XVII.
Revisando la literatura histórica de la medicina precientífica nos encontramos muchos casos alucinantes de estupidez propia de la ignorancia de la época, a tal punto que es imposible no sentirse privilegiado de vivir en este siglo. No solo la “medicina” tribal es ineficaz y supersticiosa, la medicina del pasado en general es un conjunto hilarante de tonterías. El libro de Paul Tabori, Historia de la Estupidez Humana, nos ilustra muchos casos divertidos de supersticiones médicas. Encontramos ahí por ejemplo, que se utilizaban inyecciones de oro para combatir la epilepsia durante tiempos de Luis XI. De hecho el oro se utilizó como “medicina” en muchas épocas, se lo utilizaba para combatir la ictericia debido a que los médicos consideraban “lógico” que la enfermedad en la que los pacientes se tornan amarillos se cure mediante un metal amarillo. Debido a que el oro perjudicaba claramente la salud del paciente, la insistencia en utilizarlo llevó a los médicos  a un modo ingenioso de suministrarlo: alimentando gallinas con limaduras de oro y luego alimentar al paciente con dicha gallina. Claramente este tratamiento se abandonó luego de que se hizo evidente su ineficacia, pero nos da una idea del tipo de tanteos que eran necesarios para, aunque sea por casualidad, encontrar algún tratamiento que funcione. Los intentos de elaborar una medicina en sociedades primitivas es del mismo empirismo bruto, cuando no es pura superstición.
La herbolaria (el tipo de medicina tribal más utilizado), cuando es eficaz, se debe a probar miles de plantas hasta que una por fin funciona. Es cierto que la herbolaria puede tener cierta efectividad, pero presenta muchos problemas además de la increíble cantidad de experimentos sobre humanos que hay que hacer para encontrar una hierba que funcione para cierto problema. Uno de ellos es el problema de que una planta tiene muchísimos más compuestos que el principio activo que la vuelve medicinal, y muchísimos de esos compuestos pueden ser y son venenosos, cancerígenos o presentan otros efectos secundarios indeseables. Por esto es que la medicina moderna suele aislar los principios activos útiles de ciertas plantas, haciendo al tratamiento considerablemente más seguro.  Es claro que además, la medicina herbolaria tribal tiene aplicaciones muy limitadas, no nos va a curar ni una gangrena, ni un cáncer de colon, ni una pulmonía, ni una fractura expuesta, etc. Aunque si, con suerte, nos aliviaría alguna indigestión.
Esto nos presenta otro punto importante y es el elitismo del pensamiento primitivista, ya que si bien algunos de salud privilegiada puedan vivir  sin mucho problema en una comunidad tribal, no así la inmensa cantidad de personas con enfermedades o problemas que dependen de la medicina moderna, la técnica y la tecnología para vivir. Porque una inyección de insulina, unos anteojos o un nebulizador difícilmente se encuentre en una tarde de recolección.
Otro tema clave son las vacunas. Aunque gran parte de los primitivistas sean incultos que nieguen la efectividad de las vacunas, esta es un hecho. Gracias a las vacunas erradicamos unas cuantas enfermedades, mientras que los antivacunas lograron resucitarlas por negarse a vacunarse, como el caso del sarampión en EEUU[8].  Está de más aclarar, que difícilmente una civilización primitiva pueda en algún momento, por sus propios medios, igualar el efecto de las vacunas.
Saliendo de problemas de salud más graves a primera vista, un aspecto muy ignorado por los primitivistas es la higiene y la salud dental, cosa de la que suelen carecer los hombres primitivos de todos los tiempos. Se puede pesar erróneamente que por ejemplo, las caries son problemas modernos por nuestra alimentación excesiva en azúcar, pero cráneos de neandertales refutan esta idea. Rechazar la civilización es básicamente entregar nuestras dentaduras a todo tipo de problemas que, créanme, preferimos evitar. La odontología moderna es algo de lo que nos debemos sentir agradecidos.

Este repaso nos hace una idea vaga del privilegio que es la medicina moderna, que además progresa a pasos agigantados. En una tribu primitiva dudo mucho que nos podamos dar el lujo de realizar un trasplante de corazón o una transfusión de sangre, de hecho, no nos podríamos dar el lujo ni siquiera de la anestesia, de unos anteojos o de un parto seguro. Lo que sí, podríamos seguro darnos el gusto de disfrutar del tifus, la tuberculosis, el sarampión, la malaria, el cólera, la tiña, el polio, la sífilis, la peste, la gonorrea, la difteria y unas cuantas enfermedades más completamente comunes en el pasado que gracias a la civilización moderna solo la conocemos por nombre si tenemos algo de cultura. El paraíso ideal del pasado en el que creen los primitivistas está muy lejos de ser cierto, es una ilusión fácilmente curable con una dosis pequeña de historia. Esta está más repleta de tiranía, esclavitud, guerras, malaria, infecciones, mortalidad infantil, pestes (la peste negra llegó a matar hasta a un tercio de la población de Europa en el siglo XVI), caries y sífilis que de otra cosa.
Cuando se plantea este tipo de problemas a los primitivistas, relucen como advertí argumentos propios de los posmodernos, y también de los conspiranoicos. Por ejemplo, alegan cosas como que la medicina “enferma más de lo que cura”, que las farmacéuticas son malvadas, que la medicina tribal es igual o más efectiva, que las enfermedades son construcciones sociales, etc. Claro, como es común en los posmodernos, sin ofrecer la más mínima evidencia, sino más bien berrinches occidentefóbicos y acusaciones de que los que no compartimos sus creencias somos colonialistas, europeocentristas, positivistas, etc., que no aceptamos su verdad revelada.

Calidad de vida

Hay un punto que más que seguro no les interesa en lo más mínimo a los primitivistas, pero a mí sí –y mucho-. Es de carácter puramente intelectual, no pragmático, y tiene que ver muchísimo, por lo menos para mí, con la calidad de vida. Y es el tema del progreso intelectual y cultural que hemos alcanzado, esto es, el grado de progreso al que llegamos en el conocimiento puramente teórico, como la ciencia pura y la filosofía, y también las artes. Creo que no es necesario argumentar demasiado para demostrar que el grado de conocimiento teórico que pueda tener una sociedad primitiva, no supera ni superará en ningún aspecto el grado de conocimiento al que llegamos con nuestra sociedad civilizada. Aun cuando los primitivistas insistan en exagerar los conocimientos tribales, como suelen hacer con la “astronomía” inca o maya. De hecho parte del mito del buen salvaje se basa en exagerar y sobre-estimar los conocimientos de las tribus, o incluso hacer pasar supersticiones absurdas por conocimientos profundos, como bien hacen los posmodernistas. El antropólogo Barley Nigel dedica algunos párrafos de su libro El antropólogo inocente (1983) a este mito. Cito un párrafo dedicado al conocimiento de los dowayos:
           ”Lo cierto era que los dowayos sabían menos de los animales de la estepa africana que yo. Como rastreadores distinguían las huellas de motocicleta de las humanas, pero esa era la cima de su conocimiento. Al igual que la mayoría de los africanos, creían que los camaleones eran venenosos y me aseguraron que las cobras eran inofensivas. Ignoraban que los gusanos se convierten en mariposas, no distinguían un pájaro de otro ni te podías fiar de que identificaran bien un árbol. Muchas plantas carecían de nombre aun cuando las usaran con frecuencia; para referirse a ellas tenían que dar largas explicaciones: ‘La planta que se usa para extraer la corteza con la que se fabrica el tinte’”.
   Llegando ya a los extremos, tenemos a la tribu Piraha del Amazonas. Estos suelen ser elogiados por algunos ateos por no poseer religión ni concepto de Dios. Pero esto no se debe a que posean un refinado escepticismo, una visión naturalista sofisticada, ni nada por el estilo. El “ateísmo” piraha se debe a que poseen un pensamiento completamente infantil pre-operacional vacío de toda curiosidad intelectual, y un lenguaje carente de conceptos abstractos o complejos. Su idioma es tan simple que hasta puede expresarse en silbidos, no tienen palabras para expresar los colores, no tienen tiempo verbal pasado ni futuro, son la única cultura humana que no conocen los números (solo conceptos como “unos muchos”, y, “unos pocos”), etc. Aunque a diferencia de los dowayos, si parecen conocer un poco mejor al menos las especies de flora y fauna de su entorno.
A los primitivistas el avance del conocimiento no es algo que les importe. Esto se debe al mero hecho de que son por completo anti-intelectuales, e irracionales. No les importaría en lo más mínimo que de un momento a otro todo el progreso humano en materia de conocimiento y arte desaparezca por completo y se vea reducido al opresivo pensamiento mágico y la monotonía tribal. Son antihumanistas y hasta diría profundamente misántropos, odian todo lo humano y quieren ver a la humanidad reducida al estado más bestial posible. No quiero extenderme en cuestiones de humanismo y misantropía, porque ya deje bastante clara mi postura en mi ensayo Humanismo Secular y misantropía.
Pareciera que, como los primitivistas se caracterizan por la irracionalidad, la ignorancia y la superstición, se sienten incomodos en una sociedad que decidió guiarse en la razón y el conocimiento, por más buenos resultados a los que haya llegado –resultados que prefieren ignorar o menospreciar. De este modo prefieren vivir lo más lejos posible del conocimiento al que odian, mientras desean con ansias que todos los demás nos reduzcamos a los que son ellos en general, una parva de incultos que piensan como infantes.

Con respecto al arte: si bien es cierto que las tribus suelen tener manifestaciones artísticas interesantes, estas serán siempre increíblemente limitadas y monótonas. Esto se debe no solo a cuestiones meramente técnicas, como inaccesibilidad a materiales o elementos para crear arte (como ser pianos, lienzos y acrílicos, violines, cámaras filmográficas y fotográficas, consolas de sonido, etc.), sino por cuestiones culturales, principalmente de hermetismo. Para que el arte progrese, se necesita, a grandes rasgos, dos cosas: a) materiales, (b libertad, y (c cosmopolitismo, por lo menos con respecto a poder acceder a piezas de arte producidas en diversas ubicaciones geográficas. En general las tribus tienen limitaciones de los tres tipos. Es común que las prácticas artísticas estén fuertemente limitadas por las costumbres estéticas o ritualistas propias de la tribu, y muy posiblemente cualquier intento de sobresalir o innovar seria ignorado o castigado, si es que es que sobresalir es posible. El aspecto técnico es el más evidente, ya que no hay que ser un genio para saber que una tribu aislada del progreso no puede hacer cine, fotografía, tocar en grupos de música electrónica o en un concierto sinfónico. Otra de las ventajas de la sociedad moderna es la libertad artística y la posibilidad de acceder a una cantidad inmensa de técnicas o artefactos para su producción. Esta diversidad que posee la sociedad moderna también se aplica a los deportes.
La riqueza y variedad cultural es muchísimo más abundante mientras más civilizada y cosmopolita sea la humanidad, pero esto no es de interesarle al extremo e infame conformismo de los primitivistas.

La cuestión alimentaria es uno de los puntos más importantes en lo que respecta a la calidad de vida por estar íntimamente relacionada con la salud. Los primitivistas tienen la ingenua ilusión de que la sociedad reducida al tribalismo, cultivando su comida “orgánica” o incluso viviendo de la recolección nómada poseería una alimentación ideal que le proveería de una salud vigorosa e incorruptible. Tonterías.  Ni el pequeño cultivo sedentario sin tecnologías modernas ni aun menos la recolección nómada da garantía ni de calidad, ni de cantidad suficiente aún para un grupo pequeño de personas. Si esto ni siquiera fue así en la infancia de la humanidad, donde abundaba en demasía tanto la vegetación como la extinción completa de comunidades por la hambruna, menos lo será en la actualidad con una población de siete mil millones de personas.
La agricultura sedentaria despojada de toda clase de tecnologías modernas asegura más plagas, pestes, hambruna, escases de variedad y pésima calidad que éxito, y esto lo confirma la historia e incluso la literatura (ver el Quijote o el Lazarillo de Tormes). Menos pensar ser vegetariano o vegano en estar circunstancias, donde no se podría ni siquiera suplementar la vitamina B12 altamente necesaria. En estas circunstancias, el único sustento seria la cacería o la ganadería, que en el primer caso es inestable e insegura, y en el segundo riesgoso por ser fuente de brucelosis, tuberculosis bovina y escherichia coli. La ingesta de leche despojada de métodos modernos como la pasteurización también es increíblemente peligrosa por ser un posible cóctel de enfermedades como neuropatía inflamatoria desmielinizante, enteritis y ántrax.  Estos mismos problemas ocurren en las tribus primitivas actuales, que aun teniendo en los mejores casos amplios terrenos, deben padecer los sufrimientos de una mala y escasa alimentación, sumado a un riesgo mayor de contraer enfermedades. Aun los primitivistas prácticos en la actualidad, llamados permacultores, en muchísimos casos compran en mercados de la civilización parte de los alimentos que no pueden producir, como también herramientas y otras tecnologías de cultivo. Si toda la civilización, de la que dependen gran parte los permacultores para sobrevivir, se redujera al estilo de vida permacultor, la alimentación seria completamente inestable, si no horrendamente monótona. Pero dejemos la crítica concreta a las comunidades de permacultura para más adelante.
Los primitivistas, como buenos neoluditas ignorantes, se quejan permanentemente de lo “artificial” que es nuestra comida hoy en día. En algunos casos específicos su queja puede ser mínimamente valida, sobre todo con respecto a la comida chatarra. Pero en lo que respecta de quejarse como infantes de los métodos agrónomos modernos, sobre todo los transgénicos, su queja es puro capricho necio y torpe. Los transgénicos, como mostré en mi artículo sobre estos[9], son completamente seguros y un total privilegio de la civilización moderna. Los beneficios comprobados de la biotecnología y la agronomía actual, aun con sus consecuencias negativas que debemos paliar como ser malos hábitos de fumigación, son otras de las razones por las que volver al primitivismo es una distopía que solo unas mentes miopes pueden ver como paraíso.
Los que defienden el primitivismo suelen decir que nos “envenenan con la comida”, pero nunca lo demuestran, y sí que les sería difícil, cuando las enfermedades y la mortalidad disminuyen, mientras que el promedio de vida aumenta. Un caso divertido del extremo al que llega la paranoia alimenticia moderna es el video, viral en internet, en el que un anciano raspa una manzana de la que sale un residuo que según él es “veneno”. Pero lo cierto es que simplemente es cera que produce la propia manzana[10]. Otro bulo ridículo es el de las bananas “inyectadas con SIDA”. La paranoia de los modernos con respecto a la alimentación es tanto cómica como penosa. Los antiguos sí que tenían buenas razones para sentirse inseguros de sus alimentos, y no quisquillaban patéticamente como nuestros contemporáneos, y eso que su agua era tan sucia y su leche tan toxica que preferían beber alcohol -literalmente. Ni siquiera del pan y los cereales podían sentirse seguros, ya que corrían riesgo de  ergotismo, una enfermedad causada por un hongo de efectos similares al LSD que era muy común en la época. Y eso que era casi lo único que comían en aquellos tiempos, si es que tenían suficiente dinero para comprarlo, ya que la miseria era la regla. Y con miseria no me refiero a lo que actualmente muchos llaman miseria, como no poder acceder a la televisión, el internet o los celulares. La miseria del pasado era desnutrición aguda, peste, pudrición de dentaduras, convivencia con ratas, harapos y padecimientos que gran parte de nosotros, los cómodos y rellenitos modernos, no podemos ni imaginar.
Otra cuestión importante es el agua. Si bien la sociedad moderna desperdicia estúpidamente agua, y es algo que hay que revertir, por lo menos tiene cierta garantía de producir agua segura y potable. El riesgo de contagiarse enfermedades como fiebre tifoidea, diarrea, hepatitis y meningitis  por consumir agua no potable es algo que los primitivistas deberían tener en cuenta.

Otro aspecto de la calidad de vida que los primitivistas desprecian son los beneficios de la tecnología en general. Esto se debe a que son neoluditas, sienten desprecio obtuso por la tecnología y confunden constantemente ciencia con tecnología, tecnología con técnica, y técnicas y tecnologías buenas con técnicas y tecnologías malas. Para ellos, toda la tecnología se reduce a armas y contaminación, cosa que más que pesimismo es oscurantismo necio y retrogrado. Este es uno de los puntos que más comparten con los oscurantistas posmodernos, como por ejemplo Heidegger -el gran nazi neoludita. Es bastante inaudito tener que explicar la diferencia entre una bomba de hidrógeno, la teoría de la relatividad, un trasplante de corazón y una sofisticada pierna ortopédica. Reducir todo esto a simples cosas imprescindibles o despreciables (como si fueran similares a las bombas) es en tal modo una idiotez que no merece ser tomada en serio ni para refutar, pero hago una excepción solo por la gran popularidad que aún tienen estas ideas.

Primitivismo ¿Condición natural de la especie humana?

Es común -como advertí- encontrar entre los argumentos de los primitivistas declaraciones falsas como que el primitivismo es “la condición natural del hombre”. Lo más sencillo es refutar esta afirmación señalando que es una básica falacia naturalista. Esta consiste en un uso vago e impreciso de la palabra “natural” y una constante relación de que esta implica lo bueno y lo correcto. Más concretamente, la apelación a la naturaleza es el error de razonamiento que implica creer que algo es bueno solo porque es natural, o malo porque es artificial. Es común su uso en los opositores a los transgénicos, que creen que estos por ser artificiales son “malos” siendo que hay evidencias de serios estudios científicos que demuestran que son una tecnología confiable mientras estén bien regulados. Vemos que el cianuro, el veneno de cascabel, la cicuta y los rayos gamma también son muy naturales, y sin embargo no nos son beneficiosos.
Más específicamente, este argumento es demasiado vago ¿A qué se refieren con condición natural? Si el humano construyo la civilización por su cuenta, ¿esta no le es su ambiente propio y natural? Si no lo es, ¿por qué debería de ser otro, como el primitivismo? Principalmente teniendo en cuenta lo ya dicho, y sabiendo que la civilización es un lugar mucho más seguro para el desarrollo del hombre, ¿por qué volver a los esperanza de vida promedio inferiores a las cuatro décadas, a la mala alimentación y a las enfermedades erradicadas?  La naturaleza, contrario a lo que sueñan los idealistas de lo primitivo, es un lugar hostil, repleto de insectos que transmiten enfermedades mortales como la malaria, incomodidades y otros riesgos. La mayoría de las personas inteligentes elegirían las comodidades y seguridades de una civilización responsable frente al frio y el hostigamiento de la vida primitiva. Si la condición natural del hombre es vivir con la dentadura pudriéndose, sufriendo de tifus, con frio y perdiendo niños recién nacidos y mujeres durante el parto, mientras en su ignorancia reza a “espíritus” imaginarios y les rinde sacrificios sangrientos con esperanzas de que así su gente deje de sufrir los padecimientos del clima y las enfermedades… prefiero, lejos, la artificialidad de la vida civilizada que los primitivistas tanto satanizan.

La inconsistencia de la filosofía detrás del primitivismo

Como ya mostré anteriormente, se puede tomar al posmodernismo como base filosófica del primitivismo. Principalmente me interesa cuestionar dos tesis filosóficas posmodernas que sostienen algunos primitivistas, estas son: cierto relativismo ético y el relativismo gnoseológico-epistemológico.
Es complicado proceder a refutar tesis posmodernas por una simple razón: cuando uno elabora una tesis racional argumentada sobre ciertos hechos, la refutación se vuelve simple (la idea es falsable). Proceder a refutarla consistiría en revisar la lógica de los argumentos y la veracidad de las evidencias empíricas en las que descansan. En el caso de refutar las tesis relativistas o reduccionistas-culturales, este tipo de refutación se complica porque tales tesis verdaderamente no se sustentan en argumentos lógicos ni en evidencias, sino, en simples afirmaciones dogmáticas revestidas de sofismas. En este caso, se las puede refutar simplemente utilizando las navajas escépticas de “afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” (navaja de Hume) y “lo que es afirmado sin evidencia puede ser descartado sin evidencia” (navaja de Hitchens). Pero tal refutación no me convence, principalmente, porque no es una refutación propiamente dicha sino razones para no tomar en cuenta estas tesis, por lo que voy a proceder a analizarlas de igual modo y a presentar tesis alternativas que considero por lejos, mejores. Otro punto es que, una vez refutadas las tesis posmodernas, es muy difícil convencer a los que las sostienen. Esto se debe a que el posmodernismo, como buen cáncer intelectual, hace metástasis y es difícil de remover. Su completo irrealismo y su desdén por la razón, el rigor y la ciencia hacen a tal punto un dogmatismo hermético que cualquier crítica a sus ideas la reducen a opiniones de “positivistas”, “racionalistas”, y “occidentalistas”, y de este modo las descalifican e ignoran. Tuve la oportunidad de ver como un divulgador de ideas pseudocientíficas (conocido por defender que la Tierra es plana, por ejemplo), primitivistas y posmodernas, cuyo alias es “Librex Presario” (José Benítez), esquivaba todas las críticas con la simple acusación de que “provenían de racionalistas”. Omitamos entonces la intención de convencerlos, y concentrémonos de todos modos en analizar sus ideas.
El relativismo ético (o moral) es más complejo de refutar que el relativismo epistemológico. Este sostiene que los juicios morales son relativos a las culturas, no son universales, y de este modo las masacres aztecas, la opresión de las mujeres en los países islámicos radicales, la ablación femenina y otras prácticas son perfectamente correctas, por ser correctas dentro del marco de su cultura. Por el contrario, un realista ético sostendría que tales prácticas son universalmente inmorales aun cuando su cultura las acepte, ya que las acciones son “buenas”, o “malas” más allá de que un grupo cultural donde se ejercen considere lo contrario. De este modo para los relativistas éticos las brutales prácticas tribales que mencionamos no pueden juzgarse porque su cultura tribal las acepta como correctas, y por lo tanto lo son. Así, cualquier cuestionamiento fundamentado que pueda hacer un moderno a una práctica tribal por más brutal que sea es inválido, ya que estaríamos condicionados por nuestra moral “occidental” y civilizada.
Si bien es cierto que la ética es una construcción social, no hay razones para abrazar el relativismo mientras si hay razones para sostener un realismo ético, como ser el humanismo secular. El relativismo ético permite que practicas brutales como la tortura, el asesinato, la privación completa de las libertades y otras acciones condenables continúen solo por el hecho de que una mayoría dentro de una sociedad cree que así debe ser, aun cuando esa mayoría que perpetua tales acciones no sea la que se vea involucrada del lado de los que la padecen. A los relativistas no les interesa ni el bienestar ni el sufrimiento, sino más bien la riqueza cultural, es decir, la libertad de que ciertos grupos perpetúen el sufrimiento innecesario con tal de que mantengan su tradición, por inhumana que sea. En cambio el humanismo sostiene que lo importante no es la tradición ni la cultura, sino si tales acciones verdaderamente son defendibles o si merecen su supresión en búsqueda del bienestar en general. Para un humanista, lo importante no es que cortarle el clítoris a una niña de dos años sea una tradición ancestral, sino el sufrimiento innecesario que esta provoca. Un humanista condenaría acciones que producen malestar, muerte y sufrimiento, que impiden el progreso de valores como la libertad, la igualdad, el conocimiento o que generan que individuos no puedan disfrutar del placer de vivir al máximo, aun cuando otras culturas las fomenten. Este considera más importante que nos une la capacidad de sufrir y disfrutar que las diferencias culturales.
El humanismo se sostiene sobre un sistema filosófico realista tanto en lo ético como en lo gnoseológico y lo ontológico. Mientras que el relativismo es una especie de ética basada en una falacia ad populum en cada cultura.
             Este tema sin duda es muy complejo y es aun motivo de controversias. Para no extenderme demasiado, invito a los lectores a mi ensayo Humanismo secular y misantropía, donde expongo algunas ideas sobre la ética humanista.
A diferencia del relativismo ético, el relativismo gnoseológico-epistemológico sí es muy fácil de refutar. Para este, la verdad fáctica y la falsedad también se reducen a lo que el entorno cultural considere y no son universales. Así, si para los dowayos los camaleones son venenosos, esto es verdad aun cuando zoólogos demuestren lo contrario. “La verdad es relativa”, dicen. Pero esto es completamente insostenible. Pensemos un poco en lo que quiere decir “verdad”. Decimos que algo es verdad, cuando el enunciado se ajusta a lo que podemos comprobar con los hechos del mundo real. Así, podemos definir verdad fáctica como el atributo de adecuación aproximada de un enunciado con la realidad. En este caso, la realidad es lo que nos debe dictar que es verdad o no (a diferencia de la verdad lógica). La forma de conocer la realidad más avanzada que conocemos es la ciencia. Esto se debe a que es el único método que nos permite corregir errores, verificar coherencia, progresar y contrastar nuestras ideas de la forma más sofisticada posible con la realidad, mientras se invita a que los especialistas en el campo repliquen los descubrimientos. En algunos casos simples podemos prescindir de la ciencia, y comprobar los hechos de modos más sencillos. Por ejemplo, si alguien enuncia que está lloviendo en tal zona, basta con ir a observar que tan cierto es. La ciencia invita a esto, a observar los hechos. Según los relativistas, la ciencia es igualmente valida que cualquier creencia infundada ¿Cuál es la única forma de saber si esto es verdad? Comprobándolo. Claramente, este enunciado no resiste la comprobación. Los aztecas, por ejemplo, al parecer creían que el sol no volvería a salir si no realizaban sus rituales. Pero, una vez que los aztecas dejaron de realizarlos, el sol continuo saliendo. Hay que ser completamente irrealista para sostener que el sol no saldría si los aztecas dejaban de realizar sus rituales, por todo lo que sabemos sobre astronomía, astrofísica, e historia. Vemos así que los aztecas estaban absolutamente confundidos en sus creencias, pero aun así esto no convence a los relativistas, para ellos tenían tanta razón como los modernos astrónomos. El problema es que no pueden fundamentar esto sin recurrir al dogmatismo, ya que es completamente irrealista y antropocéntrico suponer que la realidad se ajusta a cualquier cosa que unos insignificantes primates podamos suponer. Aun así hay gente que en verdad cree esto. El pensamiento relativista es propio del irrealismo, del negacionismo y del pensamiento infantil egocéntrico.           
             Admito la pobreza de análisis en este capítulo, pero en verdad considerar y refutar tales tesis de modo completamente convincente lleva espacio y tiempo que prefiero invertir en continuar con el tema principal. Invito a los lectores, si quieren profundizar sobre este aspecto, a mi ensayo “Pensadores críticos: ¿Defensores del pensamiento único y dueños de la verdad?”, donde se encuentra una crítica más completa a este relativismo.

Los primitivistas y sus intenciones de ecologismo radical

Me arriesgaría a afirmar que la mayoría de los primitivistas llegaron a serlo por meditaciones de carácter ecologista. Su odio a la civilización se debe a que esta es una constante amenaza para el medioambiente y los ecosistemas. Así, ven en el primitivismo y los primitivos la única salvación del medioambiente, y suponen idealizadamente que todos los hombres primitivos son gente comprometida con el ambiente, los animales y los ecosistemas.  Ambas creencias son falsas, ni el primitivismo es la única alternativa para un ecologismo eficaz ni todos los primitivos son cultores del amor a los animales y al medioambiente. De hecho, los sacrificios de animales en rituales son tan o más comunes que los sacrificios de humanos. Sobre el medioambiente: no todos los primitivos pudieron tener una relación estable con el suyo. Los nativos de las Islas de Pascuas se extinguieron por completo, y una de las hipótesis más plausibles es que fue debido a que desmontaron completamente sus bosques, los que les causó graves problemas por bruscas erosiones de suelo. Lo gracioso es que parte del motivo de su desmonte incontrolado fue el transporte de sus emblemáticas esculturas (los móai). Pero para darnos una mejor idea de lo que puede ser la ética ambiental tribal, cito este divertido párrafo sobre la tribu de los Dowayos del citado libro El antropólogo inocente:
“Gran parte de los animales de caza se habían extinguido debido al uso de trampas. En lo que se refiere a “vivir en armonía con la naturaleza”, a los dowayos les quedaba mucho camino por recorrer. Con frecuencia me reprochaban el no haber traído una ametralladora de la tierra de los blancos para poder así erradicar las patéticas manadas de antílopes que todavía existen en su territorio. Cuando los dowayos empezaron a cultivar algodón para el monopolio estatal, les suministraron grandes cantidades de pesticidas, que ellos inmediatamente aplicaron a la pesca. Arrojaban el producto a los ríos para después recoger los peces envenenados que flotaban en la superficie. Esta ponzoña sustituyó rápidamente a la corteza de árbol que habían utilizado tradicionalmente para ahogar a los peces. “Es maravilloso −explicaban−. Lo echas y lo mata todo, peces pequeños y peces grandes, a lo largo de kilómetros.” Por otra parte, cada año provocan grandes incendios en el matorral para acelerar el crecimiento de hierba nueva. Esas conflagraciones tienen como consecuencia la muerte de numerosos animales jóvenes y un considerable riesgo para la vida humana.”
El humano como especie en general tiende a modificar su medio ambiente y a interaccionar con los otros animales no siempre de las formas más amistosas. El principal problema del primitivismo es que supone que el ecologismo eficaz solo es posible con su método, cuando ni siquiera su método es plausible. Reducir a la mayoría de la población a condiciones primitivas parece un esfuerzo muchísimo más alto y con una probabilidad de funcionar muchísima más baja que mil formas de cuidar el medioambiente posibles en la civilización moderna. De hecho, cada vez tenemos métodos más eficaces, debido a los avances científicos y tecnológicos, para realizar acciones beneficiosas para nuestro ambiente y para con los animales. El futuro del ecologismo esta en más civilización, no en menos. Como ejemplos se pueden citar varios como ser la carne de laboratorio, que solucionaría uno de los problemas más urgentes que es la contaminación y el gasto de recursos que supone la industria cárnica convencional. También estamos logrando considerables avances en materia de energías alternativas, autos eléctricos, reforestación, reciclado y reutilización, control de natalidad mediante métodos anticonceptivos (las tasas de natalidad afortunadamente disminuyen en muchos países), limpieza de aguas, medios de producción menos contaminantes, medios de transportes no contaminantes como trenes eléctricos, etc. Otro ejemplo son las grandes ciudades, que bien diseñadas permiten amontonar mucha más cantidad de gente en cierto espacio que si estas estuvieran distribuidas en aldeas. Si bien concuerdo con los primitivistas de que tal vez no se haga el esfuerzo necesario por solucionar los problemas ambientales que produce la civilización, hay razones contundentes para suponer que los problemas a los que debemos hacer frente son solucionables mediante el proyecto de progreso civilizado, pero sobre esto me extenderé luego.
Para poder encarar con eficacia los problemas medioambientales que tenemos enfrente, es evidente que necesitamos de personas inteligentes, comprometidas y racionales que tengan el carácter necesario para estudiar correctamente dichos problemas y buscar alternativas ingeniosas y eficaces. Los primitivistas no nos ofrecen esto, y dudo que lo hagan mediante el anti-intelectualismo que les caracteriza. Mientras más civilizados y educados seamos, más superables parecerán nuestros problemas. 

Abusos e imperfecciones de las culturas civilizadas

Con todo lo escrito anteriormente no pienso decir en absoluto que nuestra civilización sea perfecta, ni tampoco justifico en modo alguno los brutales atropellos que cometió y comete la civilización hacia los pueblos primitivos. No defiendo ni las brutales masacres de los españoles a los nativos americanos, ni los abusos de los europeos durante la colonización africana del siglo XIX, ni el esclavismo de nativos africanos, ni creo que los primitivos sean infrahumanos que merecen ser oprimidos o eliminados, ni creo que nuestra sociedad moderna sea insuperable, ni que sus integrantes sean superiores a los primitivos (si me atrevería a afirmar, que la civilización moderna posee una cultura superior, pero jamás a que sus individuos sean de razas superiores ni nada parecido, ya que es completamente insostenible tanto científica como éticamente). Nada de eso se desprende de lo que dije en este ensayo ni en otros, y lo aclaro porque los críticos del primitivismo y del posmodernismo somos constante e injustamente atacados con tales acusaciones.
Que se cometieron grandes barbaries en nombre de la civilización, no lo niego ni negaré. Como tampoco que nuestra cultura tenga muchísimas cosas que mejorar urgentemente –sobre todo relacionadas a la desigualdad económica y social, y a los problemas medioambientales y de recursos-, y hasta incluso no niego que la civilización pueda aprender algunos aspectos del comportamiento de ciertos primitivos, como el respeto por la naturaleza de los inuit si se quiere (dejando de lado las supersticiones animistas). Pero lo que si sostengo, es que las imperfecciones y abusos de nuestra civilización moderna deben solucionarse mejorando la civilización, no reduciéndola a tribus primitivas, cosa que además es un proyecto altamente implausible.  

Crítica a los proyectos primitivistas

Los proyectos primitivistas que voy a considerar a continuación se conocen como permacultura. Mis críticas a estos proyectos son en general suaves. No los considero una amenaza, como a los grupos fascistas, los radicales religiosos, los magufos militantes, etc. Pero si, tengo varias cosas que cuestionarles.
La principal crítica es su primitivismo, ya que estos proyectos a gran escala no representan un verdadero progreso sino un retroceso hacia el primitivismo, pero sobre esto ya escribí bastante. Otra crítica es que tales proyectos representan un escapismo a los verdaderos problemas sociales y además una hipócrita e irresponsable dependencia de los civilizados. Ya que, al utilizar herramientas de hierro, clavos o encendedores, están consumiendo piezas elaboradas mediante complejos sistemas sociales modernos, como ser la industria petrolera (gas) y la industria minera, además de las industrias que lo fabrican. Todo este proceso depende de gente que trabaja en la civilización, por lo que sus proyectos en general no muestran ninguna independencia real del mundo moderno, sino un simple escape parcial de este y un cierto parasitismo. Ni hablar si se dan el gusto de utilizar los sistemas de salud y educación públicos, cuando los impuestos con los que ellos contribuyen a su existencia son mínimos.
Si un grupo de personas adultas por decisión personal decide vivir en una pequeña comunidad de permacultura, poco se puede reprocharle, pero en ningún modo esta decisión es revolucionaria o representa progreso alguno para la sociedad, más bien lo contrario. Como desarrollaré en el siguiente capítulo, el verdadero progreso no está en escapar escondiéndose parcialmente de la civilización en unas hectáreas de campo mientras aún se consumen productos y servicios producidos con sacrificio en la civilización. El verdadero progreso esta en trabajar en conjunto con la civilización para mejorarla.

La continuidad del proyecto ilustrado como única esperanza

“Una vez que comenzamos a confiar en nuestra razón y a utilizar las facultades de la crítica, que experimentamos el llamado de la responsabilidad personal y, con ella, la responsabilidad de contribuir a aumentar nuestros conocimientos, no podemos admitir la regresión a un estado basado en el sometimiento implícito de la magia tribal. Para aquellos que se han nutrido del árbol de la sabiduría, se ha perdido el paraíso. Cuanto más tratemos de regresar a la heroica edad del tribalismo, tanto mayor será la seguridad de arribar a la Inquisición, la Policía Secreta, y al gansterismo idealizado. Si comenzamos por la supresión de la razón y la verdad, deberemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de todo lo que es humano. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es éste un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz del humanitarismo, de la razón, de la responsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inestable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a la que aspiramos”. Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos (1945).

             Creo haber dejado en claro, que la alternativa frente al primitivismo que me parece más plausible y correcta es la continuidad del proyecto humanista, ilustrado e iluminista de progresar mediante la ayuda de la ciencia, la tecnología -éticamente aplicada-, la razón y la experiencia en busca del mayor bienestar, la mayor igualdad, la mayor fraternidad y la mayor libertad posible del género humano. Mientras se busca mejorar nuestro trato hacia las otras especies de animales sintientes y hacia el medioambiente del que dependemos sin por eso destruir los logros de la civilización -más bien mejorándolos. Me parece que en cierta medida este ha sido el objetivo de nuestra civilización moderna en los últimos años, y tenemos varios logros de los cuales sentirnos orgullosos como especie, como también varios tropezones y retrocesos que deberían apenarnos mucho.
               Una pregunta que puede hacerse es ¿Realmente progresamos con este proyecto? La respuesta está en gran parte, implícita en todo lo que vengo escribiendo en este ensayo, pero sería interesante aún así contestarla.  Steven Pinker en Human Progress Quantified (Edge, 2016) nos brinda datos duros que dan razones prometedoras para creer en el progreso. Más allá de lo ya mencionado, como que erradicamos o dejamos moribundas una cantidad considerable de enfermedades, que los promedios de vida aumentan, etc., aún hay más: las tasas de homicidios y muertes por guerras decaen, la escolarización y la alfabetización han aumentado considerablemente, la pobreza extrema se ha reducido, el mundo se vuelve relativamente más democrático, la posición social de las mujeres aumenta prometedoramente (excepto en algunos de los países donde reina la peste del Islam), el fe en el racismo decae, las religiones pierden poder en el mundo civilizado a pasos agigantados, el mundo parece volverse más inteligente (datos apuntan a que hay un aumento de 3 puntos de IQ por década), las mujeres se están embarazando a edades más maduras, el comercio de armas se ha reducido, etc.
Aun así, que estos datos no nos hagan susceptibles de ser poseídos por un ciego optimismo, por sobre todo hay que conservar el realismo, siempre.  Así y todo quedan problemas graves que debemos enfrentar: la desigualdad de riquezas aumenta, las especies se siguen extinguiendo, la derecha está volviendo a gobernar en muchos países, el calentamiento global antropogénico es un hecho innegable que aumenta y nos pone en riesgo, el islam avanza, el agua dulce escasea, especies animales se extinguen, continúan existiendo sectas y grupos neonazis, el neoliberalismo prolifera, etc.
Pero aun así, la esperanza en el progreso es lo último que debe abandonarse. Para que este pueda llevarnos a superar tanto los problemas actuales como los futuros, hay que conservarse en una postura responsable y educada, racional, realista, sobria y activa. Nada de esto nos ofrece el primitivismo. Por más seductor que pueda ser el canto de la sirena, no debemos dejar corromper nuestra inteligencia por la irracionalidad retrograda y oscurantista del tribalismo. El progreso logrado no fue por nuestros impulsos conservadores, reaccionarios y toscos; sino por nuestra fundamentada confianza en la educación, en la empatía, en la ciencia, en la buena tecnología, en la capacidad de progreso, en la igualdad, en la libertad, en nuestras capacidades intelectuales, en nuestra cooperación y en demás sentimientos humanistas. Es esto es lo que debemos fomentar.

Los movimientos indigenistas, luchas legítimas y luchas antihumanistas

Considero que hay a grandes rasgos, dos tipos de movimientos indigenistas. Los de luchas legítimas y los de luchas antihumanistas. Considero una lucha legítima la de asegurar a los indígenas facilidad de reinserción social, trato igualitario, oportunidades de desarrollo económico, ayudas sanitarias y escolarización. Esto sumado a asegurarles ciertos territorios mientras deseen continuar con su estilo de vida, pero siempre brindándoles la oportunidad de insertarse en la civilización moderna.
Y considero antihumanistas las luchas que buscan mantener aislados a los pueblos aborígenes, negarles el uso de medicina y educación moderna por considerar que no la necesitan, y sobre todo, las que buscan perpetuar tradiciones aborígenes aun cuando estas sean inmorales o dañinas.
Esto despierta problemas muy complejos e interesantes, sobre todo en lo que respecta a respetar las decisiones de ciertas culturas, como ser la de criar a sus niños en formas de vida primitivas y riesgosas, u obligarlos a programas de vacunación. ¿Hasta dónde la civilización debe entrometerse en las comunidades aborígenes?  Sin duda es una pregunta complicada. Por mi parte sostengo que lo más deseable son programas estatales, cooperativos, o ambos, de sanidad, educación y derechos humanos que garanticen el bienestar de las comunidades y los ayuden a la reinserción. Esto permitiría cierta seguridad de que estas comunidades estén en buenas condiciones y con la posibilidad de reinsertarse a la vida civilizada. Creo que es fácil concluir luego de todo lo escrito, que es preferible su bienestar al capricho de mantenerlos en formas de vida riesgosas, estando mal alimentados, ignorantes, con riesgos de sufrir enfermedades, etc. Tampoco creo que la vida civilizada acaben con todas sus formas de cultura, aun mantendrían su arte, y si quieren, su lenguaje y sus comidas tradicionales.
Es importante que los movimientos indigenistas privilegien el bienestar objetivo de estos antes que la obsesión por mantenerlos como piezas históricas. Los indígenas no son objetos de museo, si su cultura no favorece a su bienestar y desarrollo, no tiene sentido mantenerlos en ella solo por darnos el gusto de conservar una etnia estrafalaria.

Conclusión

Creo que la conclusión es clara. La idealización de la vida tribal y el mito del buen salvaje son insostenibles, así como la creencia de que el pasado fue “un lugar mejor”.
El primitivismo es en su teoría, filosófica y fácticamente falso, y en su práctica, indeseable e implausible. Dejo aquí la cuestión del primitivismo.

 

[1] Me refiero aquí a las últimas etapas estilísticas de Goya, las primeras etapas se asemejan más al neoclasicismo.

[2] Tompkins, Peter (1963). The Eunuch and the Virgin: A Study of Curious Customs.

[3] Nevill, Drury (1989). The Elements of Shamanism.
[4] Davies, Nigel (1981). Human Sacrifice in History and Today.

[5] Gurven, M., Kaplan, H., Winking, J., Rodriguez, D. E., Vasunilashorn, S., Kim, J. K., … Crimmins, E. (2009). Inflammation and infection do not promote arterial aging and cardiovascular disease risk factors among lean horticulturalists.
[6] Choiniere, R. (1992). Mortality among the Baffin Inuit in the mid-80s. Arctic Medical Research.
[7] http://www.un.org/esa/socdev/unpfii/documents/SOWIP/press%20package/sowip-press-package-es.pdf

[8] http://elpais.com/elpais/2016/03/15/ciencia/1458038627_317563.html?platform=hootsuite

[9] “¿Es racional el movimiento anti-transgénicos?”

[10] https://www.youtube.com/watch?v=2MiFIUgieK0

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6 comentarios en “Contra las fantasías primitivistas

  1. Comentario del autor: Aclaro que el uso de la palabra “primitivo” en este ensayo es un uso ordinario, no técnico propio de la terminología antropológica. En esta, la palabra sirve para referir a sociedades nómadas, semi-nómadas y pre-estatales. En mi uso, utilizo la palabra primitivo en nivel gradual. En esta, “civilización primitiva” no es un oximoron, ya que una civilización puede poseer características primitivas aun cuando posea Estado. Considero como primitiva a las sociedades que se asemejan más a las primeras civilizaciones en general. Por ejemplo, es cierto que las civilizaciones precolombinas eran bastante avanzadas, pero aun así no superan en mucho el grado de civilización de, por ejemplo, el antiguo Egipto (y ambas poseían Estado). El antiguo Egipto al ser considerado una de las primeras civilizaciones complejas, calza con mi definición de primitiva. En este uso, incluso los europeos del siglo XIV fueron bastante primitivos, aunque no más que las civilizaciones andinas.

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  2. Hablando de “ergotismo” ¿qué pruebas hay sobre que en la Eddad media, este tipo de hongo afectara a coterráneos? Lo digo porque alguna vez alguien me comentó que los delirios de “caza de brujas” y esas cosas, fueron inspirados por la gran creencia supersticiosa que había y pensamiento mágico pero mezclado con que muchos se intoxicaban con Ergot terminaba delirando en mal viajes creyendo ver brujas, demonios, muertos, y todo tipo de supersticiones “hechas realidad” en sus mentes por la intoxicación del hongo.

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    1. Na eso parece exagerado. Lo de la cacería de brujas tiene relacion con que era una practica de la iglesia para tomar las propiedades de quienes asesinaban por “brujas” o “brujos”. Esta y otras razones más pero no por ergotismo, el ergotismo era una especie de enfermedad más que alucinaciones prolongadas. Es bastante disparatado, sobre todo si conoces los efectos de las drogas alucinógenas, no tienen esa clase de efectos.

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      1. Lo conozco pero tengo una conjetura y es que si mezclás fuertes crencias supersticiosas con enteógenos podés obtener resultados muy fuertes en cuanto a la potenciación de la creencia en cuanto a la alucinación.
        Después me puse a investigar un poco y lo único que encontré era otro evento llamado “Misterio eleusinos” y ni aún ahí hay algo concluyente sobre las alucinaciones producidas por el LSA del ergot.

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  3. La continuidad del proyecto ilustrado como única esperanza

    “Una vez que comenzamos a confiar en nuestra razón y a utilizar las facultades de la crítica, que experimentamos el llamado de la responsabilidad personal y, con ella, la responsabilidad de contribuir a aumentar nuestros conocimientos, no podemos admitir la regresión a un estado basado en el sometimiento implícito de la magia tribal. Para aquellos que se han nutrido del árbol de la sabiduría, se ha perdido el paraíso. Cuanto más tratemos de regresar a la heroica edad del tribalismo, tanto mayor será la seguridad de arribar a la Inquisición, la Policía Secreta, y al gansterismo idealizado. Si comenzamos por la supresión de la razón y la verdad, deberemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de todo lo que es humano. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es éste un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz del humanitarismo, de la razón, de la responsabilidad, si nos sentimos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inestable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad a la que aspiramos”. Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos (1945).
    gracias..más allá de algunos detalles…es brillante este aporte.

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